Trujillo 20 años después

Trujillo 20 años después

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Tom Power, acompañante internacional de FORPP, comparte sus impresiones sobre una de las primeras conmemoraciones de las masacres de Trujillo, un acompañamiento solicitado por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz.

Adultos ayudando a lxs niñxs confundidxs para hacer fila, personas que tratan de organizar a la gente por donde pararse, afiches que están entregados a todxs – preparándose para una marcha siempre es lo mismo. Los afiches que la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz estaba repartiendo en esta marcha eran del color naranja emblemática con las palabras “sin olvido” escritas encima. La Comisión me ha ayudado a entender que la memoria no es el pasado – es el presente. El 10 de abril de 2016, integrantes de la Comisión acompañaron a la comunidad del municipio de Trujillo en la marcha a una de sus veredas, La Sonora, para recordar la serie de masacres sufridas entre 1988 y 1992.

Trujillo, ubicado en la frontera entre Valle del Cauca y Chocó, al lado del río Cauca, es un lugar estratégico para el tráfico y movimiento de drogas en toda la región. En la década de las 1980s, el pastor influyente Tiberio Fernández ayudó a lxs campesinxs a organizarse en colectivos campesinos (cooperativas de agricultores al nivel subsistencia) para ayudarles a fortalecer su economía, una estratégica percibida como una amenaza para los grandes intereses comerciales. Las fuerzas armadas los vieron como una influencia de la guerrilla ELN, que seguía fortaleciéndose de manera constante a mediados de las 80s. La respuesta de lxs paramilitares y narcotraficantes que trabajaban en colaboración con las fuerzas armadas se dio con incursiones violentas en Trujillo hacia el final de la década para proteger la región de la supuesta amenaza subversiva.

Esta serie de matanzas, conocido como la Masacre de Trujillo, costo la vida de 340 personas, todas víctimas de homicidios y desapariciones forzadas. La violencia llegó a su clímax en marzo y abril de 1990, incluyendo el asesinato y desmembramiento de Pastor Fernández, así como la matanza de La Sonora, en la cual 11 personas fueron desaparecidas y desmembradas durante la noche del 31 de marzo 1990.

Más de 20 años después, lxs participantes en la marcha hicieron su camino a través del campo soleado del Valle del Cauca hasta La Sonora. Al llegar nos encontramos con la comunidad, que tenía afiches colgados en las puertas y ventanas con los nombres y fechas de nacimiento y muerte de algunas de las víctimas. Después de las masacres, Trujillo se mantuvo bajo control de lxs paramilitares y la marcha fue una de las primeras oportunidades de la comunidad de recordar abiertamente sus víctimas. Se llevó a cabo un servicio en honor a las víctimas, donde miembros de la comunidad, el gobierno local y lxs investigadores de una universidad compartieron sus memorias. Incluso la niñez participó en la realización de una obra de teatro corta sobre la masacre. Todxs lxs niñxs nacieron después de la matanza, pero participando en la conmemoración, la masacre de Trujillo se presentó como parte tan importante de su propio historia como la de sus padres. La memoria no es el pasado- es el presente.

En 1996 el Presidente Samper reconoció la responsabilidad del Estado en 34 casos de desaparición forzada en Trujillo. La Comisión, en colaboración con el Colectivo de Abogados de José Alvear Restrepo (CAJAR), llevó el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para que el Estado de Colombia reconociera también las otras víctimas. El 6 de abril de 2016, la Comisión, CAJAR y la Corte llegaron a una “solución amistosa”, que incluía que el Estado asumía la responsabilidad en 76 casos de desaparición forzada y hacía una petición pública de perdón a finales del mes de Abril. También incluyó una reparación colectiva para las víctimas no incluidas en 1996, una garantía de la verdad para las víctimas y una garantía de no repetición.

Los letreros en la marcha eran de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz usando el mensaje emblematico: Sin olvido

La garantía de la verdad y la no repetición revela su sentido profundo cuando unx se da cuenta de que el desmembramiento de las víctimas vivas con moto sierra se utilizó por primera vez en Trujillo. Como publicado en el informe del Centro Nacional de la Memoria, en Trujillo se alcanzó un nuevo nivel de tortura profesionalizada. Tal tortura experta finalmente resultó en las “escuelas de muerte”. Y a partir de ahí el conflicto colombiano se deterioraría aún más en cuanto a los modos de violencia que uno nunca podría imaginar, como las casas de pique en Buenaventura.

Una parte integral de la reconciliación y la justicia de transición es el reconocimiento de la verdad. Es un primer paso que el Estado ha reconocido su responsabilidad por 34 víctimas en 1996, y que aumento a 76 víctimas este año con el compromiso de dar reparación integral. Sin embargo, algunas fuentes dicen que hubo 200 víctimas, otras más de 300. Y muchxs de lxs autores permanecen en la impunidad. Como Colombia está en plena negociación de la paz con las FARC, y a punto de entrar en negociaciones con el ELN, ¿no deberíamos preguntarnos – si la verdad y la reparación es tan difícil en Trujillo, qué tan grande es el desafío para toda la nación? Sin embargo, la solución amistosa era importante, enfatizó un miembro de la Comisión cuando, durante la ceremonia repitió el lema utilizado por la comunidad desde 1995 – es “una gota de esperanza en un mar de impunidad”.

Trujillo

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